miércoles, 22 de septiembre de 2010

Capítulo 2: Pasaje Recalde


Pasaje Recalde dio en llamarse un breve callejón, allá por los confines de mi infancia y mis sueños, que casi son lo mismo. Tiene, o tenía, unos 200 metros, cortados a la mitad por la calle Parapiti, en la ensoñada ciudad de Asunción. Pero esos escasos 200 metros son mentirosos, pues se prolongan sin explicaciones en un depósito, un hospital, un taller mecánico de automóviles y una canchita de fútbol. De todas esas extensiones enigmáticas, quizá sea la canchita de fútbol la que me ha convocado en este eterno retorno a mis recuerdos. Parado en la tierra amable, marcada con las pisadas e ilusiones de tanta niñez, observaba los muros que la rodean, como protegiéndola. Muros que supieron ser defensa durante las terribles guerrillas de barrio contra barrio. Volveré sobre esto alguna vez. Mientras, del muro brotaba la silueta inmensa de Barbarroja.

Además de su tabaco y su ginebra, portaba como un exquisito trofeo una pelota de fútbol, la conocida como Jabulani, escurridiza protagonista del Mundial de Fútbol 2010, en África. Pensé, incongruentemente, que íbamos a disputar un partidí, que así llamábamos a un juego rápido y sin mayores reglas, hasta que soltó la pelota en el aire y, antes que cayera, la cortó en dos con su espada sabia. Entendí que el acto de rebanar algo con su espada era inherente a su carácter, y retrocedí un paso. Barbarroja rió.

– Vengo por tu sueño –dijo, pasando un dedo cariñoso por el filo de su arma.

– Claro, a ver... es que no recuerdo... –respondí para ganar tiempo.

Impaciente, Barbarroja no me dejó proseguir.

– Ven conmigo, Jack. Hay mucho que debes descubrir hoy.

Con agilidad sorprendente para su tamaño, dio media vuelta y se dirigió a los túneles.

¿Ya mencioné los túneles? Vagamente recuerdo haber hablado de ellos en un cuento anterior*. Me estremecí ante la posibilidad de estar al mismo tiempo ante el Señor de los Recuerdos y el pirata Barbarroja, rodeado de paredes de tierra, gritando sin pudor mi recién estrenado miedo en mil ecos y tonos diferentes. Barbarroja no se detuvo, y yo tampoco. Caminaba como hipnotizado hacia la entrada oculta detrás de los muros, lejos de la vista del arco y las graderías, lejos de todo lo conocido y muy cerca del terror.

En medio de un silencio sospechoso, encontramos la entrada al costado de un árbol de mango. El antiguo cerrojo de la trabajada puerta milenaria estaba abierto sin concesiones. Sólo podíamos seguir, cosa que hicimos, muy a mi pesar. Recordé varios pasajes de ese descenso sin fin. La oscuridad nos iba rodeando en un abrazo sofocante.

– Hace calor aquí –murmuré.

El pirata me respondió con un gruñido y un escupitajo de tabaco. Quería mis sueños, pero no mi conversación. Llegamos a una explanada que, aparentemente, conectaba los túneles secundarios, como el de la canchita, con otros, aún desconocidos por mí. En medio de la amplia explanada había un escritorio. Detrás, el rostro sudado de lo que parecía un funcionario, atendía con desgana a una fila numerosa de personas.

– ¿Qué es todo esto? –atiné a preguntar.

– Aduana –respondió secamente Barbarroja. No me atreví a indagar más, pero sí a mirar. La extensa fila estaba compuesta por un abigarrado grupo de personas de distintas edades y sexos, vestidos con lo que podría ser el último grito de la moda de un manicomio de Estambul. Y aún así, parecerían vestimentas... ¿cómo decirlo? algo extrañas.

Nos sumamos a la fila. La situación no le caía simpática al amigo Barbarroja, quien escupía tabaco y engullía ginebra más que nunca. Debo decir que tabaco y ginebra por igual resistían incólumes, demostrando su noble origen. Tanta demostración de impaciencia llamaba la atención, hasta en esa extraña fila de fenómenos.

Llegamos finalmente hasta el funcionario. Lo llamo así a falta de una denominación mejor. Ostentaba rigurosos lentes oscuros, a pesar de la penumbra reinante en el lugar. Corbata aflojada y manchada de grasa, quizá de la chipa so'o a medio comer, que estaba al costado del escritorio y los papeles. El infaltable terere se erguía también, orgulloso, demostrando que las costumbres son, a veces, más fuertes que la locura. ¿O debo llamar de otra forma a lo que nos pidió a continuación?

– Su expediente de salida y sello de autorización, capitán Barbarroja.

Pero al pirata no se le movió un rojo pelo. Para él era todo muy normal. Sólo estaba impaciente:

– ¡Por mil tormentas del infierno! ¡Esta burocracia es insoportable! Aquí están estos papeluchos sin sentido. ¡Debo embarcar!

– Claro, claro, capitán. Pero aquí falta una firma, debería tener más cuidado con estos detalles... –al funcionario no se le movía un músculo. Había iniciado el viejo juego, el que todos los habitantes de mi país conocíamos a la perfección. Barbarroja, sin embargo, parecía ignorarlo.

– ¡Satán te lleve, grumete de papel! ¡No voy a regresar por esa firmita de nada! –El rojo de la barba se le había subido al rostro. Presté atención a la posible aparición de una espada filosa, en cualquier momento. Al funcionario, por otra parte, todo parecía tenerle sin cuidado. A todo esto, la fila detrás de nosotros se había ido engrosando, y algunos cuchicheos molestos se dejaban sentir.

– Lo siento, pero... –se abrían las manos del funcionario, pesarosas. En un movimiento reflejo, y dejándome poseer por la lástima que me inspiraba la indefensa furia de Barbarroja, deslicé un billete de cincuenta mil guaraníes en una de las manos abiertas. Radicalmente, la maquinaria de la burocracia del túnel cambió ante el tacto del dinero y empezó a funcionar– pero... bueno, por esta vez lo dejaré pasar, capitán. Que no se repita.

Varios sellos fueron estampados rápidamente en el pergamino del pirata, que estaba asombrado del giro que había tomado la situación.

– Voto a Belcebú, tú podrías ser un buen pirata, Jack.

Lo decía empujándome por los hombros. Un poco camarada, y otro poco apurado. Pero con un nuevo respeto en sus ojos cenagosos. Así abrazados, como dos viejos camaradas, llegamos al puerto del túnel. Sí, dije puerto. El túnel debajo de la vieja canchita se iba desplegando en sorprendentes descubrimientos. Y en ese lugar, esperando, estaba un bello velero de color plateado. Mis ojos subían, encandilados por su belleza, hasta lo más alto del mástil, luego bajaban hasta la curva de sus suaves contornos, y regresaban hasta la rampa que nos esperaba, abierta y ronroneante.

– ¿Te gusta, Jack? –la pregunta era innecesaria. Barbarroja percibía mi emoción.

– Sí –carraspeé– me gusta.

Y tragué saliva.

*"Un túnel en el barrio", del libro "Alrededor de 40 - Cuentos para insomnes", editorial El Lector, 1999.

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