sábado, 25 de septiembre de 2010

Capítulo 3: Un rostro para el pirata Jack



Me has pedido que describa mi rostro, tú que me sigues a través de esta inexplicable magia que es internet. Yo solo puedo hacerlo a través de la descripción que me han hecho algunas personas. Aquellas que se han preocupado lo suficiente por mí como para ayudarme a conocer esa cara que nunca pude ver. Así es. Mi rostro no se refleja en los espejos ni se reproduce en fotografías o filmaciones, a la manera de los vampiros, al menos para mí. Los demás pueden ver esos reflejos misteriosos, pero yo mismo nunca he conseguido mirarlos. Mi rostro es un enigma, excepto en las palabras de quienes amo y en los trazos de un caricaturista que me dibujó alguna vez, en un shopping asunceno. El dibujo sí pude verlo, y es el que he insertado en medio de estos textos. No confío mucho en ese caricaturista, pues de lo poco que conversé con él, parece dado a la fantasía desmedida y a la exageración sin motivo. Pero he ahí, y tú sabrás juzgar.

Yo prefiero las palabras quietas de mi novia muerta. Mi querida, amada Elva Rosa, a quien conocí en la época de los sueños infantiles. A quien acompañaba a su casa, donde ella era criada, después de la escuela. Aquí, una disgresión para explicar lo que es o fue una criada en Paraguay, pues es sabido que estas confesiones escritas las leen seres amables de todas partes del mundo y tal vez del universo. Una criada, o criado, es la niñez atrapada fuera de su hogar, entregada a extraños conocidos que, a cambio de enviarlos a la escuela y alimentarlos, los utilizan en las abundantes tareas del hogar. Es un trato que casi equivale a la esclavitud, sobre todo cuando los padres postizos carecen de sentimiento. Y bien: yo acompañaba a Elva Rosa, le llevaba los útiles escolares y ella portaba mi corazón. En el camino hablábamos de mil cosas, reíamos y nos contábamos cosas que ocurrían en nuestras casas. Ella parecía muy interesada en saber cómo era mi familia y mi relacionamiento con ellos, algo que a mí, inmerso en la luz de sus ojos, no me interesaba particularmente. Yo prefería robarle un beso en la esquina, antes de perderla, pues hasta ahí me permitía acompañarla, unos cincuenta metros antes de llegar a su destino. Mientras se despedía sacudiendo su pequeña mano, me dijo:

– Tus labios saben a maní con miel.

La comparación me pareció extraña, pero la acogí en el alma pues lo había dicho mi amada. Fue lo último que me dijo. Poco después murió en circunstancias desconocidas. No podré continuar con esta parte de la historia ahora, pues siento que se me desgarra la piel y tengo deseos de golpear a la luna. Pero volveré sobre esto alguna vez.

También recuerdo una frase de Líquido, uno de mis mejores amigos de infancia. Como quizá se imaginan, Líquido era su apodo. No diré su nombre por precaución, pues Barbarroja acecha siempre. Sentados en lo más alto de la construcción del hospital, aquel que se estaba edificando en uno de los extremos del callejón mágico, y desde donde nos arrojábamos al montículo de tierra que estaba lejos, lejos en el suelo, me preguntó:

– ¿Cómo adivinas los pases, nariz chata?

Se refería a una singular habilidad que yo demostraba en la canchita del barrio, en mi habitual puesto de defensor, durante los partidos de fútbol. De paso, mencionó una característica de mi rostro que atesoro hasta hoy. Me encogí de hombros y saltamos juntos al montículo de tierra que nos esperaba y que nos abrazó cuando entramos en él, y nos enterramos, debido al impacto, casi hasta el cuello. El juego era divertido y ese día lo practicamos varias veces más.

Lo tercero que recuerdo es a mi profesora de matemáticas, ya en la secundaria, apuntándome con el dedo y refunfuñando. Las matemáticas nunca fueron mis predilectas, entre paréntesis:

– ¡Sáquese el pelo de los ojos y mire al pizarrón! ¡Responda la pregunta! O mejor, ¡escríbala en el pizarrón!

Como siempre, yo había estado escribiendo palabras sin sentido en mi cuaderno. Observé el pizarrón y vi por primera vez una de esas extensas ecuaciones cuya resolución parecía pasar necesariamente por miles de exóticos numeritos, rayitas y signos varios. Ya estaba inventando una excusa cuando de pronto vi también una solución fuera del esquema que la profe había enseñado, y que acortaba los pasos a seguir. Me levanté y escribí la solución, ante el asombro de mis compañeros y la desilusión de la profesora.

– Sólo vi esta posibilidad, no sé cómo –me justifiqué.

– Tiene que usar más esos ojos negros, entonces –me respondió la profesora, aún estupefacta, aunque no tanto como yo.

Aprendí, entonces, que tengo ojos negros, pelo rebelde –que me ato con una pañoleta, desde ese día–, nariz chata y labios que, para mi amada muerta, saben a miel con maní. También me han dicho otras cosas, diferentes personas, pero no les he prestado demasiada atención pues han sido comentarios burlones o irrelevantes.

Espero haber respondido a tus consultas, invisible lector que me acompañas. Sigue conmigo, pues deseo volver al relato del velero plateado y de cómo, finalmente, me fue otorgado, pese a la resistencia feroz y el encono de Barbarroja. El velero donde fui feliz y donde descubrí cómo robar los sueños de la gente.

Incluso los tuyos. Recuérdalo.

(Continúa)

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