Me dedico a robar los sueños ocultos de la humanidad, de las rocas y de los soles; para convertirlos luego en relatos. Algunos de ellos los podrás leer acá mismo, en este blog secreto. Otros serán por siempre un misterio, que quizá alcanzarás a vislumbrar cuando duermas. Ah. Cuando duermas, protege bien tus sueños. Te los puedo robar.
Esta afición mía no comenzó de un día para el otro. Fue después de sucesivas visitas que me hizo Barbarroja, a la intemperie donde cobijo mis utopías nocturnas. Sentado en un robusto taburete, apropiado para acoger su expansiva humanidad, mascando y escupiendo tabaco, con su gran barba roja apestando a ginebra, el legendario pirata me expuso con sencillez su cometido:
– Te robaré los sueños hasta que me lo impidas.
Mientras yo reflexionaba acerca de tan peregrina afirmación, él aprovechó para sacar velozmente su espada y partir en dos a un marinero cuyo canto desafinaba más de lo conveniente.
– Necesito tus sueños –prosiguió imertérrito– para darles un uso más apropiado que en el de las estúpidas historietas donde generalmente los aplicas.
– Bueno –me defendí–, también están los avisos publicitarios, los jingles...
– Esos sueños no me interesan –me cortó el pirata–. Nada que pueda comprarse en los delirios del consumo merece mi atención.
Lo observé con detenimiento. Una sonrisa fugitiva se empeñaba en aparecer y desaparecer constantemente, una sonrisa casi cómplice, desmentida por unos ojos fulgurantes de furia y alcohol.
– Pero te los doy barato –insistí.
Volvió a sacar la espada, y un piano malcriado dejó de sonar para siempre.
– Mira, Jack –dijo, condescendiente, mientras pasaba un brazo interminable por mis hombros– no discutiremos por tonterías. Simplemente dime qué estabas soñando en ese mismo momento, en que te interrumpí, y todo estará bien.
–Ah, ¿es que no lo sabes? –sorprendido busqué sus ojos, que a su vez se abrieron con perplejidad e inmediato malestar. Me soltó, dándome la espalda y negándome su enojo. Unos parroquianos del bar en que se había convertido mi fantasía se apartaron prudentemente de él.
– Volveré, Jack –me dijo finalmente, y desapareció.
Yo me quedé soñando, como siempre, solo. Y al despertar, encontré el anillo que llevo hasta hoy.
Pero esa es otra historia. Calma, querido lector. Todo será develado, excepto aquello que no me es permitido por mi propia conciencia. Vuelve a leerme en breve y quizá te sea concedido saber más acerca de mi oficio, del velero plateado que me fue otorgado y de la curiosa isla donde descubrí un tesoro inenarrable.
Ho!!! que bueno!!!
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